Polaroids - Jorge Lanata

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    10-Aug-2015

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<p>Jorge Lanata POLAROIDS</p> <p>A Brbara Lanata</p> <p>AGRADECIMIENTOS A Toms Eloy Martnez, Juan Forn y Gabriela Esquivada, que descendieron a los borradores de este libro. A Pablo y Gustavo Feldman, Gary Vila Ortiz, Fito Pez, Gustavo Mainardi, Reynaldo Sietecase y el Pitufo -que nunca compr la botella de JB por Santa Fe y Rosario. A Jaime Correas, por los detalles ms inslitos y encantadores de la vida de Cortzar en Mendoza. A Adolfo Bioy Casares por la idea del cordero y el lobo que aparece en "Oculten la Luna". A Andrea Soutullo, que tradujo los poemas de Raymond Carver que se transcriben en "Un pez en el aire". A Fernando Sokoiowicz, Jorge Prim, Hugo Soriani y Ernesto Tiffenberg, por la estoica tarea de soportarme en Pgina/l2. A Graciela, por Holly.</p> <p>TODAS LAS HISTORIAS de este libro, excepto una, sucedieron. El almirante Massera duerme veinte minutos, tiene casas en Punta del Este y Barra de Tijuca, y alguna vez recibi a Henry Kissinger en su departamento de Avenida del Libertador. Julio Cortzar fue profesor de Literatura en la Facultad de Filosofa y Letras de Mendoza y -contra lo que el mismo Cortzar le dijo a Borges en Pars- fue all donde public su primer cuento, "Estacin de la Mano" Alguien rob una noche en 1985 el Puente Colgante Ingeniero Candiotti, trescientos metros de hierro fojado sobre- la Laguna Setubal, a las orillas de Santa Fe. El puente fue vendido como chatarra. Raymond Carver dio una charla en el Jockey Club de Rosario durante 1980. All, frente al Paran, vio cmo un pez, detenido en el aire, se soltaba del anzuelo. Encerr ese viaje en dos poemas. Oscar Wilde supo que la polica estaba en camino para detenerlo y llevarlo a la crcel de Rtrading una hora antes que llegaran a su casa,y no escap. En el Palacio de Justicia de Buenos Aires hay un expediente que crece lenta pero inexorablemente, como los vegetales. Se trata de un proceso en el que los roles se revirtieron: el victimario se transform en vctima y dise, sin saberlo, una paradoja de la justicia argentina. "Polaroids", el cuento que da ttulo a este libro, pertenece al incierto gnero de la ficcin. Result, sin embargo, el ms real de todos. La vida de un viajante de comercio que descubre agujeros negros en su memoria no es ms que la metfora individual de una enfermedad colectiva. Este pas escribe todo el tiempo su historia sobre la arena. En un estrado de la Univerdad de Columbia, Bertrand Russell fue blanco de una pregunta idiota: -Qu consejo les dara a los jvenes? -Yo no soy quin, para darle consejos a nadie contest. Slo puedo decirles dos cosas: hagan el amor la mayor cantidad de veces que puedan, y fjense bien lo que quieren ser, porque uno es lo que quiere ser. Quise ser Polaroids. Ahora este libro se pierde, condenado a la ambigedad.</p> <p>Publicar es una exhibicin de la que resulta difcil escapar. Se lo hace sabiendo que afortunadamente- no alterar la vida de nadie, pero comprometer la propia. J. L.</p> <p>VEINTE MINUTOSPAP NUNCA DEJA RASTROS. Incluso ahora, que trataba de evitar el mal humor durmiendo, est tirado sin desarmar la cama. Hace un rato le grit a mam desde el pasillo: -Lil, llamame en veinte minutos. Pap puede dormir veinte minutos. Duerme con la precisin de un horno a microondas. -Avisame en veinte minutos- advierte. O quince. Pero al rato se levanta exacto, nuevo, alisa la colcha y deja en el aire, por un par de segundos, una pequea nube de Paco Rabanne. Mam vive pendiente del reloj; pronuncia en voz alta la cuenta regresiva de los ltimos diez segundos y entonces grita desde el vestidor: -Negro! Despertte! Pero pap ya est levantado, y sale a caminar, o me lleva de compras al supermercado. Pap odia ir al supermercado y hacer las compras, pero odia ms Punta del Este, y se aburre y tal vez en el fondo le divierten los comentarios de los argentinos que murmuran entre las estanteras cuando la cara de Pap aparece. Ayer una alarma secreta hizo saltar de su silln al gerente del Super Uno, que se acerc a nuestro carrito y pregunt: -Lo ayudo, Almirante? Pap ni le contest, sin dejar de sonrer avanz hacia una pila de latas de tomate. El gerente tenia jogging azul y creo que se maldijo porque justo esa maana sali sin saco y corbata. Pap mir el precio de una botella de Gordon's y sac tres, y despus una de pia colada. -Es rica -me dijo-. Bien fra. -Es usted, no? -pregunt una gorda, congelada ante la aparicin. Tena dos frascos de yogurt en la mano izquierda. -Soy -dijo Pap con una sonrisa, y le dio la espalda. -Me firma? -pidi la gorda, que mgicamente convirti uno de los yogures en un cuadrado blanco de papel. Pap se fren, busc una lapicera en el bolsillo, la encontr y la gorda dijo: -Esther, ponga para Esther. Cuando se lo cuente a Carlos no me va a creer. Ahora vivimos en Miami, pero queremos volver a la Argentina. Nos fuimos cuando empezaron con los secuestros. A Carlos lo amenazaron los Montoneros. Lo llamaron una vez, y no esperamos que volvieran a llamar. Carlos crea que era una broma pesada de alguno de los del directorio, pero en esa poca nadie estaba para bromas, no le parece? Pap, en esos casos, slo pronuncia frases de circunstancia . -Vengan, nos hacen falta. Gente como ustedes nos hace falta -le dijo a la gorda estirando la mano . -Gracias -dijo la gorda, y sacudi la mano de Pap Y me dio un beso-. Vos sos... -Claudia - dije yo y seguimos empujando el carrito. -Qu linda es - o que deca la gorda mientras avanzbamos hacia la caja. -La gorda me afan la lapicera - dijo Pap en el auto, pero ya doblbamos hacia La Mansa. -Era una Bic. -Aunque fuera una MontBlanc. Menos mal que era una Bic. -Ya s, que no importa, digo.</p> <p>-Soy yo el que dice si importa o no importa. -Y la Cross que te regale? -Por ah debe andar - dijo Pap mientras intentaba sintonizar algo en la radio. -La perdiste tambin. -Me la rob Gracielita Alfano. -No digs eso delante de mam, que sabs cmo se pone. -Mir - dijo Papi y sealo el sol. Estbamos parados en un semforo. Punta del Este era violeta y gris. -Y vos que prefers ir al departamento de la Barra - le dije. -Qu Barra? -La Barra de Tijuca. -S. -Esto no es mejor? Qu novedad. Igual voy a ir all, en febrero. -Vamos a ir? -Voy a ir - dijo l antes de bajar -. Ayudme con las bolsas. Pap ya durmi cinco de sus veinte minutos. Yo sigo en el living, tirada frente a la ventana que da a la playa, miro el mar, miro el telfono y un reloj de pared. Llam Marta Lynch, que est en Jos Ignacio, que va a quedarse hasta el veinte, que si sigo tan linda como siempre, como siempre no ms, que Piero quera hablar con Pap de un proyecto, que cmo no estoy en la playa, que tenemos que ir juntas a la Posta del Cangrejo, que claro, que bueno, que un beso grande. No dijo beso, dijo besote. Seis minutos. -Lo llamas vos? - me pidi mam hace un rato, y volvi ansiosa al vestidor a probarse por ensima vez el collar que le mand Ricciardi como regale de Navidad. -Es tan distinguido -dijo mam con la mirada perdida en el espejo. -Lo llamo yo. S que va a despertarse solo, como siempre, pero mientras controlo el reloj me siento duea de su futuro. De sus prximos quince minutos. Dos chicos con trajes de neoprene y una tabla se sentaron a charlar en la vereda. En Buenos Aires, la custodia ya los hubiera sacado. Desde este silln la casa parece vaca. El telfono ya son tres veces; pareca una exageracin: me siento a cargo de un conmutador. Llam Mitjans, el escribano. Que vuelve a llamar. Despus son otra vez pero cortaron. -Era equivocado - dijo mam aquella vez, en Buenos Aires. "Quin era", pregunt Pap. "Uno que dijo que era amigo de una tal Marta Mac Cormack", contest mam. "No era equivocado", - dijo Pap sirvindose un gin-tonic. Nadie volvi a hablar del tema. Mama sale del cuarto sin el collar. -Hoy es jueves? - me pregunta. -Mircoles. Faltan dos das - dice. -Para qu? -Viene Elenita. Me tengo que arreglar dos vestidos. El azul y ese ocre divino. -No viene, ma, Elenita viene cuando estamos en Buenos Aires. -Ya s dnde estamos, me trats como si fuera una loca. Viene. Yo habl con ella ayer. -Buensimo; yo tengo ese Wrangler que se me cae. -Dejmelo en el cuarto - dijo mam desde el pasillo, y al rato o el televisor de la cocina. -Ya es hora? - grit.</p> <p>-No, falta. Vos no vas a Brasil? - le pregunt. -Cundo? -En febrero. -No, quin te dijo? No. Dnde, a Brasil? -Al departamento de la Barra. -No. -l s. -Cundo te lo dijo? -Ayer, cuando volvamos del supermercado. Mam no dijo nada y slo qued en el aire el sonido de la tele. Pasaban esos avisos uruguayos del siglo pasado. Mam debe estar jugando al ciclope con el televisor: est cada vez ms miope y se pega a la pantalla para adivinar el programa. A veces le habla al aparato. Diez minutos. Un Willis fren delante de los trajes de neoprene, ellos subieron y el jeep sali arando para Solanas. El cielo era perfecto y cursi, como en una postal. Son el telfono y mam atendi desde la cocina. Se ri. Es curioso, estuvimos aos sin or su risa pero, desde que Pap renunci a la junta Militar, mam se re seguido. Se ve que perdi la costumbre de la risa: cuando se re, suelta un graznido, o una respiracin larga, no una risa. Nadie sabe cmo es la risa de Pap. Deb escucharla; no la recuerdo. Con la voz es distinto: la voz de Pap suena como un altoparlante, como el televisor, cuando grita, en casa: O en el Tennis Ranch, cuando jadea: -Pasala! Pasamela! - y Emilio querra estirar la red para que Pap alcance la pelota. Emilio ya tendra que estar ac, pero se est vengando: hace ms de tres meses que no se enferma. Ahora estar caminando por Gorlero, de punta a punta, hasta sacarle lustre. La ltima vez fue insoportable; ms de cuatro meses estuvo postrado en cama, mientras los mdicos murmuraban mirando al piso: -No tiene nada. -Tiene fiebre. -Es psicolgico. -Son berretines. -En los anlisis no aparece. Al final se cur y apenas llegamos a Punta del Este sali con Pap a navegar en el Pataleta. La otra voz de Pap es en el mar. En el mar su voz suena ms vieja, con un tono de miedo que Emilio llamara respeto, porque Pap y el miedo son incompatibles. A veces creo que Pap le tiene miedo a su reflejo. No a su reflejo, en realidad, sino a ese gesto que no maneja y se reproduce sin su control. Una vez vi ese gesto de sorpresa y de espanto en el departamento de Libertador, cuando Pap se ajustaba la corbata antes de salir: -Te pasa algo? -pregunt mam. -Lo de siempre. Los verdes me tienen podrido - dijo Pap-. Es eso. Tiempo despus renunci a la Junta. Emilio juntaba todos los recortes en la carpeta, que en esos meses iba por el octavo tomo. Era gracioso leer las especulaciones de los periodistas y saberme del lado de adentro, viendo cmo se movan las marionetas, y quin era el responsable de los hilos. Debajo de las carpetas haba cinco o seis ejemplares del libro. Estaban sin dedicar.</p> <p>Pap ya les encontrara destinatario. El camino de Ia democracia, deca el titulo en letras negras. Pap estaba en la tapa, sonriente y tostado, con uniforme de gala y la bandera argentina a la derecha. "No vamos a combatir hasta la muerte, vamos a combatir hasta la victoria, est ms all o ms ac de la muerte", deca la contratapa que deca Pap. Abajo el logo en rojo del editor, Varela Cid. Mi ejemplar estaba sin abrir; o mejor dicho abierto pero sin leer, porque no hay nada ms aburrido que los discursos. Cuando Papa lo trajo pas las pginas y me fij en una frase: "La Revolucin del Mar". Lo imagin a Pap en el Pataleta: -Pataleta, Pataleta -haba dicho Martincito. Y le qued Pataleta al barco. La revolucin del mar. Pap parado sobre la cubierta de una palabra que repiti su nieto. En la comida que se hizo en casa por la aparicin del libro, estaban Eduardo y Luz con Martincito. Tambin estaba el Gordo Lezama, que no paraba de transpirar y jugaba con el borde de la servilleta. -Buenas fotos, no? -dijo Lezama. Yo pens de inmediato que las fotos eran espantosas. Pap con el Papa, Pap con el Rey Juan Carlos, Pap con un jeque rabe. Pap con unos chutes. -Y de que hablaban? -pregunt. -Boludeces -dijo Pap, y el ambiente estall y se descontrajo. -Menos con el Papa -dijo Eduardo. -Menos con el Papa, claro -dijo Pap-. se s que entendi su negocio. Pap dedic ejemplares a cada uno de los presentes y todos se fueron sabiendo cul era su tarea para el hogar. Cuando Kissinger estuvo en Libertador, no encontraban un ejemplar del libro en ningn lado. Mam abri la puerta de mi cuarto y yo pense: taquicardia. -No saben donde habr? -nos pregunt, en un jadeo. Emilio revolvi las carpetas y nada. El mo estaba marcado en la frase que deca "Revolucin del Mar''. Eduardo y Luz estaban en el campo. La casa segua silenciosa; ni siquiera se oan las voces desde el living. En ese memento entramos todos en pnico: nos imaginamos a Pap enfrentando el papeln, y lo que pasara despus. Al final yo desenterr un ejemplar que apareci inexplicablemente en la cocina. Mam me lo arranc sin agradecer y sali disparada para el living. Cuando abri la puerta no omos una sola voz: estaran en silencio, Kissinger y Pap? Mir por la ventana del cuarto. Un Fairlane negro y dos Falcon sin chapa estaban cruzados en Libertador. Pens en abrir el cuarto para que se aireara, pero no: esa maana Emilio haba vuelto con unas lneas de fiebre del colegio, y ahora haba vuelto a la cama. -En casa -le dije a Daniela al rato, cuando me llam. Ella larg una carcajada. -No te miento, boluda, Kissinger est en casa. Durante la cena Pap pareca cansado y melanclico, algo despeinado, como cuando termina de jugar al squash. -Los yanquis estn a muerte con nosotros -fue todo lo que dijo. Menos de cinco minutos. Por qu no dejarlo dormir? Imposible, se despierta solo. Camin hasta el cuarto en puntas de pie; la puerta estaba entornada. Cuando me asom vi a Pap tirado en diagonal sobre la cama, con la</p> <p>cabeza en direccin a la ventana. No pareca dormido. Estaba boca abajo, con la mirada congelada en el marco. La puerta cruji y Pap pidi silencio con la mano. -Ven -murmur. Me acerqu. El cuarto estaba en perfecto orden, salve ese vaso de gin-tonic por la mitad, en la mesa de luz. Pap hizo otro gesto para que me acostara a su lado, boca abajo, como el. Quera mostrarme algo. -Mir -dijo. No vi nada. El marco blanco de la ventana y el olor a sal y pescado que se hace ms intenso por la tarde. Pap segua mirando fascinado. Con un dedo seal a la nada, entre el marco y la pared. -Ahora s la veo -dije. Una pequea araa, casi transparente, trepaba trabajosamente por su tela. Pap volvi su cara hacia m con una sonrisa. Se cruz de brazos y se acomod, alejndose un poco de la araa. El viento, o quizs un imperceptible movimiento de la colcha, hizo que la tela se bomboleara y demostrara su resistencia. -Matla -le dije en voz baja. -Trae mala suerte. -Nos vamos a quedar as toda la tarde? Pap neg con la cabeza. -No te parece increble? -me pregunt -Qu? -Eso. Cmo va tejiendo la tela de a poco. A veces se le rompe, y parece que se cae pero no, vuelve para atrs y teje de nuevo. Quiere llegar hasta la ventana. Y va a llegar. En un rato. -Querr salir a la calle. -Qu calle? Ni se puede imaginar la calle -dijo Pap. Pap levant la mano derecha y la araa q...</p>